Sus miradas acusantes. Nunca le había echo nada a nadie. La noche siguiente, todo continuó con normalidad, como si la noche anterior, nunca hubiera ocurrido.
Una vez, conocí a un chico, en Berlín. Aún recuerdo su cara, sus expresiones. Su inseguridad impertinente al hablar. Caminamos unas cuadras, y solamente, seguimos caminando. Llegamos a una plaza, y continuamos hablando, de la vida, del aparente futuro, de hábitos, de placeres. Me ofreció ir a su casa, amablemente. Con tranquilidad, accedí, ¿Qué era lo peor que podía pasar? ... Estaría encantada de contarles como sigue esta historia, pero simplemente, no lo recuerdo.